Las libertades que se construyen a través de la moda siempre son limitadas. El valor histórico de las minifaldas quedó sujeto a un cúmulo de tópicos sociales y estructurales, sí, pero aun tomando como símbolo una pieza que viste un cuerpo, ese cuerpo quedó eximido de algunas libertades.
El auge del uso de las minifaldas en América Latina fue mayoritariamente protagonizado por feminidades jóvenes, semilleros de los cambios de paradigmas. Hicieron de la minifalda una herramienta de lucha y un símbolo de discusión. Sin embargo, entre 1960 y 1990, la relación entre la decisión y el vestirla no pudo quedar exenta de la mirada masculina como ente autoritario. Eso hizo, en primer lugar, que los imaginarios sociales la asociaran con la juventud. La mujer joven vestía minifaldas, por moda o por cuestionamiento, pero no quedaba eximida del rol de esposa como objetivo obligatorio. En tanto esa puerta se abría, la minifalda se guardaba. Una novia solía vestirla, una esposa dejaba de hacerlo. Así, el significado de libertad quedó inconscientemente asociado a la soltería como la única etapa de expresión individual de una mujer; paradójicamente, en plena segunda ola feminista, que se centró en la sexualidad y los derechos reproductivos pero cuya llegada a sociedades conservadoras con discursos familiares concentrados en el poder masculino era escasa.
Fueron necesarias dos olas feministas más para que la discusión y la firmeza del vestir de la mujer, separada de la mirada masculina absolutista, fueran socialmente más contundentes. No sin excepciones preocupantes: la culpa sobre el vestir de una falda corta como motivo de un abuso o una violación persiste. Sin embargo, la asociación del uso de minifaldas al estado civil quedó extinta. Hoy convive una aceptación mayoritaria del uso de minifaldas en una mujer casada, o al menos ajena al escrutinio general. Así, la minifalda pudo ser herramienta histórica de varias emancipaciones, pero aún no de una: las corporalidades.
Uno de los tópicos de la segunda ola feminista en la década del 60 fue la complicidad de la industria de la dieta y el sistema médico en la difusión de la obesidad como un peligro social. Pero con el foco puesto en el acceso de las mujeres a la salud y las píldoras anticonceptivas, integrado además a los derechos laborales, la estigmatización del cuerpo quedó en un plano casi inexistente. Las minifaldas no llegaron a volverse un símbolo integral porque su popularidad no quedó eximida de la industria de la moda. La estrategia fue circular pero no aislada: la minifalda surgió de una necesidad social femenina que necesitó a diseñadoras y diseñadores para existir. El diseño, fiel a la industria, tuvo la potestad de adueñarse de los cambios sociales para sostener su esquema y poder de influencia como su sistema económico.
En América Latina, recién desde 2015 y con la cuarta ola feminista, el Activismo Gordo tuvo espacio de escucha. Los conceptos de corporalidades, la estigmatización de las personas gordas y la industria de la moda como principal centro de construcción y propagación de esa discriminación fueron puestos en jaque. Pero solo fueron cuestionados los conceptos: no fue suficiente para que el escrutinio social cesara ante una feminidad gorda vistiendo una minifalda. Es curioso también cómo las activistas no tomaron a la minifalda, debido a su característica de pieza histórica, como símbolo de lucha extendido para sostener sus denuncias. Aún hoy, en adolescentes y jóvenes adultos de Latinoamérica, la discriminación al vestir determinadas prendas en personas gordas, como una minifalda, es motivo de crítica y burla.
La libertad continúa sujeta a las formas de los cuerpos. La minifalda pasó a ser una prenda clásica, sumida al estilo y utilizada por la historia de la moda para relatar contextos. En la actualidad, bajo la estrategia de la nostalgia, la industria de la moda volvió a marcar cuerpos extremadamente delgados como paradigmas estilísticos, vistiéndolos con las minifaldas de 34 cm de la década del 2000 e insertando la estética naif como tendencia. Los activismos gordos quedaron relevados y la minifalda se convirtió en una prenda que visibiliza la violencia simbólica hacia los cuerpos, herramienta de la que la industria de la moda se aferra e impone ante el peligro de perder poder dentro del capital cultural social. ¿Podrán los activismos gordos y las personas con cuerpos no normativos tomar a la minifalda como bandera de inclusión y devolverle su significado histórico de lucha y transgresión?
Nota metodológica
Este artículo se basa en entrevistas semiestructuradas realizadas por la autora a mujeres cis género de entre 50 y 70 años y mujeres cis género auto consideradas personas gordas de entre 21 y 35 años, residentes en el Área Metropolitana de Buenos Aires, Argentina. Las entrevistas fueron realizadas entre junio y julio de 2026. Con el fin de preservar la identidad de las participantes, sus nombres fueron omitidos y cualquier dato que permitiera identificarlas fue anonimizado.